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Alimentos fermentados

Alimentos fermentados

Salud intestinal profunda y su importancia

1. ¿De qué trata este episodio?

En pocos años el kéfir ha pasado de producto de nicho a estar en la sección de refrigerados de cualquier supermercado, el chucrut aparece en las recetas de medio mundo de la divulgación de salud y el miso ha dejado de ser exclusivo de la cocina japonesa. Los fermentados son la categoría estrella del bienestar, envueltos en una narrativa de microbiota, probióticos, sistema inmune y longevidad. La pregunta que se plantea el episodio es la honesta: cuánto de eso es ciencia sólida y cuánto es marketing disfrazado de bacteria. La respuesta también lo es: los fermentados tienen una base científica real, pero una literatura académica más incipiente de lo que suele presentarse, y hay diferencias enormes entre un fermentado casero, uno industrial y una cápsula de probióticos. El marco es informativo y no prescriptivo: no se recomienda nada, y quien se lo plantee debería consultarlo antes con su médico o con un dietista-nutricionista.


Fermentar es dejar que microorganismos vivos —bacterias, levaduras, mohos— transformen un alimento metabolizando sus hidratos o sus proteínas. Lo que sale de ahí es un alimento con una composición distinta a la original: más ácido, con menos azúcares simples, con nuevos compuestos bioactivos y, en muchos casos, con microorganismos vivos que pueden llegar al intestino. Esa última parte —que lleguen vivos y en cantidad suficiente— es la bisagra de todo el debate. Y el contexto que lo explica es la microbiota: el intestino humano alberga entre 38 y 100 billones de microorganismos, sobre todo bacterias, pero también virus, hongos y arqueas, formando un ecosistema que no es un pasajero pasivo. Digiere fibra y produce ácidos grasos de cadena corta con efecto antiinflamatorio, sintetiza vitaminas como la K2 y varias del grupo B, regula la inmunidad —se calcula que entre el 70 % y el 80 % del sistema inmune reside en el intestino— y se comunica con el cerebro a través del eje intestino-cerebro, con posible influencia sobre el metabolismo y el peso corporal. Una microbiota diversa y equilibrada se asocia a mejor salud metabólica, menos inflamación sistémica, menor riesgo de enfermedades autoinmunes y mejor salud mental; una empobrecida, a lo contrario. Tim Spector, del King’s College de Londres y cofundador del proyecto ZOE, ha publicado extensamente sobre cómo la dieta moderna, baja en fibra y alta en ultraprocesados, ha empobrecido la microbiota frente a la de poblaciones de cazadores-recolectores.


El fermentado con más respaldo es, con diferencia, el kéfir. Se elabora añadiendo gránulos —una matriz de bacterias y levaduras en simbiosis— a leche o agua, donde fermentan durante 24 a 48 horas, y el resultado es una bebida ácida y ligeramente efervescente con entre 30 y 56 cepas microbianas distintas según el análisis, lo que lo convierte en uno de los alimentos probióticos más complejos y diversos que existen. Una revisión publicada en Frontiers in Nutrition en 2021 señaló tres áreas con evidencia en humanos: mejora de la tolerancia a la lactosa —el kéfir contiene lactasa producida por sus propias bacterias, y por eso muchas personas con intolerancia lo digieren bien—, mejora de la presión arterial en estudios a corto plazo y efectos positivos sobre el perfil lipídico.


El dato más llamativo viene del estudio de Stanford publicado en Cell en 2021, que comparó durante diez semanas una dieta alta en fermentados con una dieta alta en fibra: la rica en fermentados aumentó la diversidad de la microbiota y redujo marcadores de inflamación sistémica de forma más consistente que la rica en fibra, un resultado que sorprendió a los propios investigadores. Sus autores, entre ellos el inmunólogo Justin Sonnenburg, apuntaron que el kéfir y otros fermentados aportan microorganismos vivos con un efecto inmunomodulador directo, más allá del impacto sobre la microbiota. Un matiz que el episodio no se salta: el kéfir de agua y el de leche comparten proceso pero no composición microbiana, y el de agua tiene muchos menos estudios propios, así que las propiedades de uno no se transfieren automáticamente al otro.


La fermentación vegetal ocupa el siguiente bloque, y ahí está la advertencia más práctica del episodio. El chucrut es col fermentada de forma espontánea por bacterias del ácido láctico —principalmente Lactobacillus plantarum y especies relacionadas— presentes en la propia col: no necesita cultivo iniciador, solo sal y condiciones anaerobias. El chucrut crudo, no pasteurizado, contiene cantidades muy relevantes de bacterias vivas: un estudio publicado en World Journal of Microbiology and Biotechnology encontró concentraciones de entre 10 millones y 1.000 millones de UFC por gramo en chucrut fermentado artesanalmente, comparable a muchos suplementos probióticos. Además es una fuente excelente de vitamina C —la fermentación aumenta su biodisponibilidad— y de glucosinolatos con posible efecto protector frente a ciertos tipos de cáncer, aunque la evidencia en humanos sigue siendo limitada.


El problema es de mercado: la mayoría del chucrut de supermercado está pasteurizado, y la pasteurización mata las bacterias. Un chucrut pasteurizado es col encurtida en vinagre; tiene buen sabor y ciertos nutrientes, pero no aporta probióticos. Si lo que se busca es el aporte microbiano, hay que ir a la sección de refrigerados, no al tarro de cristal a temperatura ambiente. El kimchi es esencialmente el mismo proceso con más ingredientes —col, rábano, ajo, jengibre, chile— y fermentaciones que pueden durar meses; los estudios observacionales asocian su consumo regular con menor incidencia de síndrome metabólico, mejor control glucémico y menos inflamación, pero el kimchi industrial arrastra el mismo problema de la pasteurización.


Los fermentados de legumbre y cereal aportan otros matices. El miso es una pasta fermentada de soja —o cebada, arroz u otros cereales— inoculada con el hongo Aspergillus oryzae (koji) y fermentada después durante semanas, meses o incluso años. Es la base del umami, tiene más de 1.300 años de uso documentado y aporta proteínas de alta calidad, vitaminas del grupo B, manganeso, cobre y zinc. Contiene bacterias vivas, pero con una condición que cambia el resultado en la cocina: si se hierve, las bacterias mueren. Su valor probiótico está en usarlo en frío o incorporarlo al final, con el fuego ya apagado, que es exactamente como se prepara la sopa de miso tradicional.


El tempeh es soja fermentada con Rhizopus oligosporus, sólido y de textura firme, que sí se puede cocinar; su fermentación reduce el ácido fítico de la soja y mejora la biodisponibilidad de sus minerales, y funciona como fuente de proteína vegetal completa con un perfil de aminoácidos comparable al de la carne. La kombucha merece mención aparte por lo contrario: es el fermentado más de moda y el que menos evidencia clínica en humanos tiene, con la mayoría de estudios in vitro o en animales. Aporta ácidos orgánicos, vitaminas del grupo B y antioxidantes del té, y algunos estudios preliminares sugieren efectos sobre el control glucémico, pero la evidencia es insuficiente para afirmaciones sólidas. Y hay un problema añadido: la kombucha comercial suele llevar azúcar añadido, y por encima de 6 a 8 gramos por cada 100 mililitros ese azúcar puede superar al posible beneficio probiótico.


La parte más útil del episodio es la que compara fermentados y suplementos, y la que enumera lo que todavía no se sabe. Los probióticos en cápsula son cepas concretas bien estudiadas para indicaciones específicas: el Lactobacillus rhamnosus GG tiene decenas de ensayos clínicos en diarrea asociada a antibióticos, y el Bifidobacterium infantis tiene evidencia en síndrome de intestino irritable. Los fermentados, en cambio, son ecosistemas con decenas o cientos de cepas, compuestos bioactivos generados durante la fermentación y un entorno de nutrientes que no cabe en una cápsula; esa complejidad aporta más diversidad, pero dificulta atribuir efectos a cepas concretas.


El consenso actual entre investigadores de microbioma es que los alimentos fermentados son probablemente superiores para el mantenimiento general de la microbiota a largo plazo, mientras que los suplementos de cepa específica pueden ser más eficaces para indicaciones clínicas puntuales: los fermentados como mantenimiento diario, los probióticos como intervención concreta. En cuanto a los límites, el episodio los expone sin rodeos: la mayoría de los estudios tienen muestras pequeñas, duraciones cortas, controles insuficientes y una variabilidad enorme entre productos —un kéfir artesanal y uno industrial pueden ser microbiológicamente irreconocibles entre sí—; la microbiota es extraordinariamente individual, hasta el punto de que dos personas con dietas idénticas pueden tener microbiomas muy distintos y responder de forma diferente a los mismos alimentos; y no está claro cuántas bacterias sobreviven al ácido del estómago, aunque algunos estudios con marcadores fecales sugieren que sí llegan cepas viables, dependiendo de la cepa, la persona, el pH gástrico y el momento del consumo.


Lo que sí hay es un consenso creciente: el consumo regular de una variedad de fermentados no pasteurizados se asocia a mejor diversidad de microbiota y mejor salud metabólica. La discusión abierta es cuánto de ese efecto corresponde a las bacterias vivas, cuánto a los metabolitos de la fermentación y cuánto a que quien come fermentados suele tener, en general, patrones dietéticos más saludables.



2. ¿Cuáles son los recursos útiles que aporta?

Es un episodio de alimentación, sin líneas de crisis ni recursos de emergencia. Lo que ofrece son derivaciones profesionales genéricas, criterios de compra y un método de incorporación gradual.

Profesionales y fuentes de información

•          Dietista-nutricionista o médico de cabecera, para cualquier asesoramiento personalizado. El episodio no diagnostica ni prescribe: deriva.

•          Organismos oficiales de salud y sociedades científicas de nutrición, como referencia de información nutricional basada en evidencia.

•          Para indicaciones clínicas concretas —diarrea asociada a antibióticos, síndrome de intestino irritable— lo indicado es consultar al médico sobre probióticos de cepa específica con evidencia clínica, no automedicarse.

Precauciones que el episodio nombra expresamente

Personas con la inmunidad comprometida, por la carga de microorganismos vivos; embarazo, sobre todo con productos crudos o no pasteurizados; e intolerancia a la histamina o sensibilidad digestiva marcada, porque los fermentados pueden ser ricos en histamina. En todos esos casos, precaución o supervisión profesional.

Cómo leer la etiqueta y elegir

•          Buscar en el etiquetado “fermentado vivo”, “no pasteurizado” o “contiene cultivos vivos”. Los pasteurizados pueden tener valor nutricional, pero no probiótico.

•          Comprar los fermentados probióticos en la sección de refrigerados, no en el tarro de cristal a temperatura ambiente.

•          En la kombucha comercial, revisar el azúcar: por encima de 6 a 8 gramos por cada 100 mililitros, el aporte de azúcar puede superar al beneficio probiótico.

Método práctico de incorporación

•          Variedad por encima de cantidad. Porciones pequeñas de varios fermentados distintos aportan más diversidad microbiana que mucha cantidad de uno solo. Una cucharada de chucrut, un vaso pequeño de kéfir y una cucharadita de miso al día ya suponen una exposición microbiana muy superior a la de una dieta sin fermentados.

•          Constancia por encima de intensidad. El efecto es acumulativo: un mes de consumo habitual tiene más impacto que una semana intensiva.

•          Inicio gradual. Introducir grandes cantidades de golpe puede causar gases, hinchazón y malestar temporal, sobre todo con microbiota empobrecida o sensibilidad digestiva. Empezar con porciones pequeñas y subir a lo largo de dos o tres semanas.

•          Caseros frente a industriales. Los caseros suelen ser más ricos en diversidad de cepas y exigen precauciones básicas de higiene. El chucrut casero es de los fermentados más sencillos, económicos y eficaces: col, sal y tiempo.

•          El miso, al final, con el plato ya fuera del fuego.



3. ¿En qué fuentes se ha basado el contenido?

•          Estudio de Stanford (2021) — Cell. Comparó durante diez semanas una dieta alta en alimentos fermentados —kéfir incluido— con una dieta alta en fibra. La dieta rica en fermentados aumentó la diversidad de la microbiota y redujo marcadores de inflamación sistémica de forma más consistente que la rica en fibra, un resultado que sorprendió a los propios investigadores. Usó alimentos enteros, no suplementos, lo que sugiere que importa la matriz alimentaria completa y no solo las bacterias aisladas.

•          Justin Sonnenburg — Inmunólogo de Stanford y uno de los autores del estudio anterior. Señaló que los fermentados aportan microorganismos vivos con efecto inmunomodulador directo, más allá de su impacto sobre la microbiota.

•          Revisión sobre kéfir en humanos (2021) — Frontiers in Nutrition. Identifica tres áreas con evidencia: mejora de la tolerancia a la lactosa por la lactasa que producen sus bacterias, mejora de la presión arterial en estudios a corto plazo y efectos positivos sobre el perfil lipídico. La evidencia sobre microbiota es prometedora pero heterogénea, porque depende del punto de partida de cada persona.

•          Estudio sobre chucrut — World Journal of Microbiology and Biotechnology. Encontró concentraciones de entre 10 millones y 1.000 millones de UFC por gramo en chucrut fermentado artesanalmente, comparables a las de muchos suplementos probióticos.

•          Tim Spector — King’s College de Londres, cofundador del proyecto ZOE. Ha publicado extensamente sobre cómo la dieta moderna, baja en fibra y alta en ultraprocesados, ha empobrecido la microbiota frente a la de poblaciones de cazadores-recolectores.

•          Estudios observacionales sobre kimchi — Asocian su consumo regular con menor incidencia de síndrome metabólico, mejor control glucémico y menor inflamación.

•          Ensayos clínicos sobre cepas específicas — Lactobacillus rhamnosus GG cuenta con decenas de ensayos que respaldan su uso en la diarrea asociada a antibióticos; Bifidobacterium infantis tiene evidencia en síndrome de intestino irritable.

•          Datos de composición microbiana — El kéfir contiene entre 30 y 56 cepas microbianas distintas según el análisis. El intestino humano alberga entre 38 y 100 billones de microorganismos, y se calcula que entre el 70 % y el 80 % del sistema inmune reside en él.

•          Evidencia sobre kombucha — Es el fermentado de moda con menos evidencia clínica en humanos: la mayoría de estudios son in vitro o en animales. Aporta ácidos orgánicos, vitaminas del grupo B y antioxidantes del té, con datos preliminares sobre control glucémico insuficientes para conclusiones firmes.

•          Limitaciones metodológicas reconocidas — Muestras pequeñas, duraciones cortas, falta de grupos control adecuados, gran variabilidad entre productos e individualidad extrema de la microbiota.



4. Swaps que se proponen siguiendo la filosofía Healthy Swappers

El swap central del episodio: cambiar el fermentado pasteurizado y la cápsula genérica por una variedad pequeña y constante de fermentados vivos, entendidos como mantenimiento diario y no como cura puntual.

Hábito que resta

Hábito que suma

Comprar chucrut en tarro de cristal a temperatura ambiente

Buscarlo crudo y no pasteurizado en la sección de refrigerados: solo así aporta bacterias vivas

Fiarse del envase por la palabra “fermentado”

Comprobar que ponga “fermentado vivo”, “no pasteurizado” o “contiene cultivos vivos”

Tomar mucha cantidad de un solo fermentado

Repartir: una cucharada de chucrut, un vaso pequeño de kéfir y una cucharadita de miso aportan más diversidad microbiana

Semanas intensivas seguidas de meses sin nada

Consumo pequeño y constante: el efecto sobre la microbiota es acumulativo, y un mes regular pesa más que una semana intensiva

Empezar de golpe con raciones grandes

Empezar con porciones pequeñas y subir a lo largo de dos o tres semanas, para que la microbiota se adapte sin gases ni hinchazón

Hervir el miso dentro del caldo

Añadirlo con el fuego ya apagado o usarlo en frío: al hervir, sus bacterias mueren

Kombucha comercial sin mirar la etiqueta

Revisar el azúcar añadido: por encima de 6 a 8 gramos por 100 mililitros puede pesar más el azúcar que el beneficio probiótico

Dar por hecho que el kéfir de agua equivale al de leche

Tenerlos por productos distintos: comparten proceso, pero no composición microbiana, y el de agua tiene mucha menos investigación propia

Recurrir a cápsulas de probióticos como mantenimiento general

Usar fermentados como mantenimiento diario y reservar las cepas específicas para indicaciones clínicas concretas, consultadas con el médico

Automedicarse con probióticos ante una diarrea por antibióticos o un intestino irritable

Consultar al médico sobre cepas con evidencia clínica para esa indicación

Comprar chucrut industrial cada semana

Hacerlo en casa: col, sal y tiempo, con precauciones básicas de higiene, y más diversidad de cepas

Añadir fermentados sobre una dieta baja en fibra y alta en ultraprocesados

Sumarlos a un patrón con fibra real: buena parte de la mejoría observada acompaña a dietas más saludables en conjunto

Tratar los fermentados como superalimento que resuelve por sí solo

Tomarlos por lo que la evidencia sostiene: apoyo a la diversidad microbiana y a la salud metabólica, con límites metodológicos reconocidos

Probar fermentados crudos durante el embarazo, con la inmunidad comprometida o con intolerancia a la histamina

Consultarlo antes con un profesional: son los tres escenarios donde el episodio pide precaución explícita

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